Es como un balde de agua fría para quien facilita. Un agrónomo me contaba cómo volvió unos años después a un proyecto de mujeres rurales que hasta exportaba sus productos y todo el sitio estaba en abandono. Lo mismo un biólogo con una asociación de pescadores: cuando volvió, ya la junta directiva había dejado de hacer actas, no había contabilidad formal ni archivo de documentos, a pesar de que el profesional les había "enseñado" y acompañado durante un año a hacerlo.¿Qué pasó? Un comentario desde el enfoque de género me dio una respuesta, pues una funcionaria del Instituto Nacional de las Mujeres (INAMU) comentaba muy molesta que, cuando llega el asesor técnico de un proyecto, las mujeres lo atienden "como si llegara el Mesías", el que tiene los recursos y las respuestas. Para ella, se trata de una manifestación más del patriarcado y la dependencia de las mujeres a que un hombre les resuelva la vida. Otras personas lo explican desde el paternalismo que provoca que las comunidades con escasos recursos dependan eternamente de los políticos que "les consiguen" lo que necesitan.
Para mí el origen no está en el género ni en el paternalismo político, si no más bien en la educación incompleta. He visto esa misma reacción en hombres y mujeres, rurales y urbanos. Son personas inteligentes, esforzadas, con gran potencial y muchas ganas de salir adelante. Pero, por más que quieran, no pueden borrar la huella de su baja escolaridad.
Generalmente, las personas que no terminaron la educación secundaria, conforme pasan los años, se van convirtiendo en analfabetas por desuso, de manera que lo poco aprendido en el período académico se les olvida y lo que se impone es la práctica cotidiana. De ahí que entra en contradicción con la formalidad del sistema, basado en documentos escritos. Veamos:
- ¿Por qué querría llevar una contabilidad un(a) pescador(a) que, cuando necesita pagar un recibo de luz, sale a pescar, vende su producto y paga la cuenta?
- ¿Qué uso tiene un acta para una persona rural que rara vez lee y su vida se resuelve con su palabra, que no es la escrita si no la dicha?
- ¿Cuántas cartas o formularios escriben en sus vidas?
- Además, en una maraña institucional en que los procedimientos no están claros y se tiñen de politiquería, ¿cómo podrían los grupos aprender a gestionar por su cuenta, si es la educación universitaria la que nos lleva a entender su sentido?
Entonces, no es de extrañar que, para complacer a quien les da acompañamiento técnico, llenen los papeles... bajo su supervisión. Pero no se puede esperar que estas pocas horas, durante unos meses, se convierta en una práctica incorporada en una vida cotidiana completamente aislada de formalidades y procedimientos.
Recordemos que un taller, una capacitación un seguimiento es un proceso de unas cuantas horas, no puede llenar vacíos de formación y deformación. El punto de partida para esta población es demasiado bajo y se requiere un proceso formal de años para elevarlo.
Tal vez sería más realista que quienes asesoramos grupos y proyectos aceptemos que, mientras haya tantas personas fuera del sistema educativo, tendremos que darles seguimiento "de por vida" para que lo avanzado no caiga en olvido y la inexistencia.
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